El 12 de marzo, el papa León XIV nombró al arzobispo Luis Marín de San Martín, OSA, limosnero papal y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad.
Si bien la oficina del limosnero papal es una de las instituciones más antiguas del Vaticano, la reforma de la curia llevada a cabo por el papa Francisco en 2022 le dio un giro al cargo, ampliando su misión y transformando la oficina en un dicasterio, a la par de otros departamentos curiales de alto nivel con competencia global.
Dada la relación de tres décadas de Marín con León, y su reputación como uno de los clérigos más cercanos del papa, el nombramiento del arzobispo para el cargo de limosnero podría sugerir que León tiene la intención de otorgar al dicasterio —y a la misión caritativa del papa en general— la misma importancia que le dio Francisco.
El arzobispo Marín nació en Madrid en 1961. Hizo sus primeros votos en la Orden de San Agustín en 1982, sus votos solemnes en 1985 y fue ordenado sacerdote en 1988. Desde entonces, ha ejercido como párroco en varias parroquias agustinas de España, como profesor de seminario, formador de novicios y prior del monasterio de Santa María de la Vid.
En 2008, el entonces P. Robert Prevost, OSA, prior general de los agustinos, pidió a Marín que se convirtiera en archivero general de la Orden en Roma. En 2013 se convirtió en asistente general de los agustinos y presidente del Institutum Spiritualitatis Augustinianae. En 2021, el Papa Francisco lo nombró subsecretario del Sínodo de los Obispos, cargo que ocupó hasta su nombramiento como limosnero papal, y fue consagrado obispo en abril de ese mismo año.
The Pillar conversó con el arzobispo Marín sobre el servicio de caridad de la Iglesia, los desafíos de su nuevo cargo y las prioridades sociales del Papa.
La entrevista ha sido editada por motivos de extensión y claridad.
Explíquenos un poco de cómo funciona su nuevo trabajo al frente del Dicasterio para el Servicio de la Caridad.
Es una tarea fascinante, preciosa, pero al mismo tiempo muy exigente. Estamos en un dicasterio grande, que desarrolla una acción social específica y amplia. Comenzamos por lo más conocido, que son las bendiciones papales – las aportaciones van a la caridad del Papa.
Después tenemos dos ambulatorios junto al colonnato de San Pedro como acción social específica por lo que respecta al tema sanitario. Uno dice “ambulatorio” y suena como algo pequeño, pero tenemos 120 médicos voluntarios, varios de ellos jubilados. Y ofrecemos servicios en las principales especialidades médicas.
También están las duchas para la gente que necesita un servicio de higiene, pero no puede acceder a él. Y somos responsables de la Domus Mariae - gestionada por las misioneras de la caridad - y del Palazzo Migliori - gestionado por Sant’Egidio -.
Vienen por turnos 12 diáconos de Roma para atender a la gente que acude cada día y evaluar el modo de ayudarlos en coordinación con los párrocos. Es un servicio de caridad concreta en la que expresamos la misericordia del Señor hacia los más necesitados. Ayudamos, además, a diversas instituciones, parroquias y realidades sociales principalmente de las periferias de Roma, pero también de otras partes de Italia.
Y tenemos la acción internacional: intentamos estar donde hay necesidad, donde hay pobres, excluidos y necesitados extremos, especialmente víctimas de catástrofes naturales o de guerras. Este servicio se realiza en coordinación con las nunciaturas.
Aunque el limosnero papal es de las instituciones vaticanas más antiguas, el Papa Francisco lo transformó con la reforma de la curia de 2022.
¿Cómo cambió la institución?
El limosnero papal es parte de la familia pontificia desde sus orígenes, cuando se encargaba de la caridad directa y personal del Papa. Ahora tras la Praedicate Evangelium, el documento que reforma la curia, yo diría que da un salto. Es el tercero en el elenco de dicasterios, después del Dicasterio para la Evangelización y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Y su campo de acción ha crecido enormemente.
Hay un salto cuantitativo por lo que se refiere al número de gente que trabaja en nuestro Dicasterio y colabora con él. La ampliación de tareas lleva a una mayor colaboración con otros organismos, como el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, la Secretaría de Estado, el Vicariato de Roma, Cáritas y otras muchas instituciones.
Pero el salto también es cualitativo, porque el Papa Francisco quiso que creciera y se desarrollara como una expresión concreta del amor de Cristo. Tenemos ante nosotros una tarea muy amplia y exigente, que nos remite al Evangelio, a la presencia del amor de Dios en medio del mundo, junto a los más vulnerables.
Cuando su predecesor fue electo, el Papa le dijo que vendiera el escritorio porque no lo usaría…
(Risas) El Papa Francisco se refería a que la prioridad en este puesto es la acción caritativa concreta, no teórica. Estamos aquí para ser el cauce de la caridad del Papa. Para esto, ciertamente, hace falta reflexionar, diagnosticar la situación. También es necesario un desarrollo administrativo. Pero la imprescindible reflexión no debe llevarnos a la conceptualización, y la estructura administrativa no debe llevarnos a la burocratización.
No estoy aquí para ser un académico de la caridad teórica, ni un burócrata o un gestor. Soy un testigo, cauce de la caridad de Cristo. Mi trabajo es estar a pie de obra y ser Evangelio junto a los necesitados y excluidos.
Por tanto, debo llevar la caridad a los pobres, a los vulnerables, y caminar con ellos. Todo lo demás está supeditado al trabajo de campo, a lo concreto. Cuando el Papa Francisco le dijo eso al Cardenal Krajewski, quería indicarle que no debía refugiarse detrás de un escritorio, convirtiéndose en un burócrata. Este puesto es para estar con los pobres. Es cuestión de tener claros los objetivos de la misión, las prioridades.
Parafraseando a García Morente, conoce mejor París el que camina dos horas en la ciudad, que el que ha leído sobre París dos años…
Exacto. Podemos conocer perfectamente todas las teorías sobre el amor y, sin embargo, no amar, saber muy bien la doctrina cristiana y no ser cristianos. Nosotros estamos aquí para ser Evangelio, para escuchar a los pobres, estar con ellos y caminar con ellos. Es decir, para ser expresión del amor verdadero. Y esto no es posible si no se transforma en vida, si no arraiga en lo cotidiano.
Usted conoce al Papa desde hace casi tres décadas y trabajaron juntos durante su período como superior de los Agustinos.
¿Ve su nombramiento como una declaración de intenciones del Papa, al confiarle este puesto en específico a alguien de su absoluta confianza?
Sin duda alguna, la caridad es el eje. El Papa lo ha dicho reiteradamente: la caridad está en el centro porque Cristo es el centro. San Pablo recuerda que, de las tres virtudes cardinales, la más grande es el amor. Es lo que da sentido a todo y sin él nada vale, todo es vacío (1 Cor 13,1-13). La primera carta de San Juan nos enseña que Dios es amor en su esencia y que solo el que ama conoce a Dios (1 Jn 4,7). Recordémoslo siempre: sólo el que ama; no el que sabe mucho de forma descarnada o el que multiplica acciones sin caridad.
Para entender bien la orientación del Papa en este tema, tenemos dos textos esenciales del inicio del pontificado. El primero es el saludo del 8 de mayo de 2025, recién elegido, cuando dice: “Dios nos ama incondicionalmente y en este amor de Dios tenemos la seguridad de que el mal no prevalecerá.”
Partiendo de la experiencia del amor de Dios, surgen dos desarrollos. Por una parte, la unidad, la fraternidad, el caminar juntos como verdaderos hermanos y hermanas en Cristo, integrando en el amor las diferencias. Esto nos lleva al segundo desarrollo: buscar siempre estar cerca especialmente de aquellos que sufren.
El otro documento es su homilía en el inicio del ministerio petrino, el 18 de mayo. Ahí señala que amor y unidad son las dos dimensiones de la misión que Jesús le confió a Pedro. Esto lleva a una entrega sin reservas. Y la clave la encontramos en la centralidad del amor, que es también un legado de la tradición agustiniana. La expresión del amor como algo concreto donde se hace vida la realidad del Evangelio.
Amor ipse intellectus est, El amor en sí mismo es comprender, como decían los escolásticos.
La Verdad no es una idea, un concepto, sino una Persona en la que se expresa el amor de Dios y a quien podemos y debemos conocer por la experiencia de caridad. Por eso, para conocer a Dios tal como quiere ser conocido, es necesario vivir la misericordia y abrirnos a la compasión.
Es el camino de Cristo, del Verbo que se hace carne, la vía del amor, que también debe iluminar nuestras relaciones. A este respecto, San Agustín señalaba que, si quieres conocer a alguien, debes conocer qué ama. El amor configura nuestra identidad.
En su Tratado sobre la Primera Carta de San Juan, San Agustín dice que “Cada cual es según es su amor. ¿Amas la tierra? Eres tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué puedo decir? ¿Que serás Dios? No me atrevo a decirlo por mi propia autoridad. Escuchemos las Escrituras: Yo dije: sois dioses e hijos del Altísimo todos (Sal 81,6)”. Es decir, serás Cristo para los demás porque te identificas con Él: esto es lo que significa ser cristiano. El amor de Dios se concreta en Jesús, Dios con nosotros y, en él, todos y cada uno de nosotros lo llevamos al mundo. Esta es la clave de la vida cristiana.
San Juan de la Cruz advertía que “a la tarde nos examinarán en el amor” (Dichos de luz y amor, 60). El juicio no tratará sobre el éxito de nuestra vida, los cargos que hemos ocupado, los diplomas que hemos acumulado o el activismo que hemos desarrollado, sino cuánto amor hubo en todo lo que hicimos. Y tenemos el Evangelio: tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve desnudo y en la cárcel, ¿qué hiciste y cómo respondiste? (Mt 25,31-46). Más aún, ¿viste a Cristo, también en quien no lo merecía? A veces buscamos a Cristo en el crucifijo sobre el altar, pero no lo vemos en el pobre que está a nuestro lado, parafraseando a San Agustín.
¿Cuáles cree que han sido los principales rasgos de las enseñanzas sociales del Papa León? ¿Dónde ve continuidad con el Papa Francisco y donde ve cambio?
Como preámbulo diré que tanto Jorge Bergoglio como Robert Prevost son hijos del Concilio Vaticano II y se han formado en su eclesiología. Hay también una evidente convergencia en lo que se refiere al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia. En este sentido, es interesante la elección del nombre del Papa vinculado a León XIII, referente en la doctrina social de la Iglesia, que sigue teniendo una fuerza y actualidad enorme. Y más en estos tiempos convulsos.
Otro tema, al que ya me he referido, es la importancia de la caridad, que nos lleva a la unidad diferenciada, no a la homogeneidad. Fundamentados en el depositum fidei, que no cambia, es preciso considerar su expresión en la diversidad de contextos, culturas, sensibilidades. La unidad en el amor integra las diferencias y las convierte en riqueza.
En este cambio de época, al que se han referido ambos Papas, tenemos que aprender a leer los signos de los tiempos. La única forma de hacerlo es mediante la oración, la escucha, el diálogo y la interrelación. Solo así podremos saber cuáles son las repuestas que nos exigen los retos de hoy y responder a ellas.
Otro rasgo de continuidad lo encontramos en la firme defensa de la vida y de su dignidad. De toda la vida, desde la concepción hasta la muerte. El rechazo del aborto y la eutanasia, la promoción de los derechos de la persona, la lucha por la justicia y la dignidad de cada hombre y mujer, la promoción de la paz, la denuncia de la inmoralidad de los que dañan a los más vulnerables. El mundo encuentra en el Papa un referente moral.
Tenemos también la cercanía a los más vulnerables. Ambos priorizan la opción por los pobres, que brota del Evangelio. Mirar al mundo con los ojos de los pobres es necesario para mirar el mundo con los ojos de Dios. Existe, por tanto, una gran continuidad entre León XIV y el Papa Francisco.
También existen diferencias, sobre todo de carácter, formación, estilo y, tal vez, acentos. Ninguna persona es fotocopia de otra. Cada Papa tiene su propia personalidad, modo de expresarse, modo de ser. Podemos decir que hay una continuidad en líneas generales. Ambos parten de los mismos principios y priorizan temas similares, pero con diferentes estilos y matices. Sus personalidades son diversas y también cambian los tiempos.
A veces en la Iglesia se corre la tentación de reducir la caridad a algo secundario o, por otra parte, a la ONG-zación de la Iglesia, donde nos quedamos con lo social y nos olvidamos de evangelizar o dar doctrina.
¿Cómo encontrar el balance?
Hay que insistir en que la labor de caridad de la Iglesia no es un mero asistencialismo, no somos una ONG. Se trata de caminar con los pobres, pero desde Cristo, con Él. Por eso resulta imprescindible experimentar el amor de Cristo para que este amor se encarne en el propio corazón. Esto nos lleva a ver el rostro del pobre, a considerar su historia.
Me parece muy importante no hablar de “los pobres”, como si fueran números o masa despersonalizada. Hay que ponerles rostro, acogerlos, escucharlos, valorarlos, abrirnos a su vida y a sus experiencias. Se trata de poder mirarlos a los ojos.
A veces cuesta, porque el pobre molesta y tendemos a excluirlo, a no considerarlo en su dignidad, o a mirarlo desde arriba. Podemos llegar incluso a asumir la caridad como una forma de tranquilizar nuestra conciencia. No se trata de esto. Servimos a los pobres porque brota de nuestro ser cristianos, no porque lo vayan a agradecer o porque van a responder como deseamos.
La caridad, la misericordia, no pueden ejercerse desde el egoísmo o la soberbia. No somos nosotros los que debemos ponernos en el centro. ¿Cuál es el amor perfecto? El amor gratuito, el que no espera nada a cambio. Dios nos ama sin que lo merezcamos. Así pues, nosotros debemos amar con el mismo amor de Dios.
Podemos extraer algunas consecuencias. En primer lugar, es necesario ver a Cristo en el pobre que sufre. Porque el Cristo desfigurado es tan real como el Cristo transfigurado. Y Él espera una respuesta de amor.
En segundo lugar, los pobres nos evangelizan, porque nos hacen ser humildes, reordenan nuestras prioridades, nos hacen ser desprendidos y crecer en el amor, como experiencia de Dios que nos cambia por dentro.
En tercer lugar, tenemos el impulso evangelizador. Si nos encontramos con Cristo vivo y resucitado, necesariamente saldremos de nuestras seguridades para testimoniarlo, para transmitir la Buena Nueva. Nuestro reto es ser Evangelio en medio del mundo como expresión de amor, y convertirnos así en cauce de la gracia divina.
Quisiera detenerme en un tema importante. El Papa León nos ha dicho que la mayor pobreza es la de no conocer a Dios. No podemos olvidar esto. Es la pobreza más radical porque Dios da sentido a todo. Vivir como si no existiera, significa privarnos de la única posibilidad de grandeza, de esperanza, de felicidad plena. La tarea evangelizadora, en toda su realidad, debe impulsarnos hacia Dios.
¿Cuáles son los pasos? ¿Cómo proceder? Primero, vivir en humildad. La soberbia nos impermeabiliza a la gracia de Dios, a su presencia en nuestra vida. Necesitamos la humildad para saber quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo situarnos en la perspectiva adecuada.
Segundo, cuidar la oración. Cuidar la relación con Dios para evitar caer en la pasividad, el activismo o la ideologización de la caridad; profundizar en la experiencia de Cristo vivo.
Y, tercero, cultivar la compasión (del latín cumpassio o del griego sympátheia, literalmente “sufrir juntos”). Es abrir el corazón a las necesidades del otro, dejándonos afectar, sin inmunizarnos. Resulta tremendo como nos insensibilizamos ante la desgracia ajena. Por eso debemos pedir al Señor que transforme nuestros corazones de piedra en corazones de carne (cf. Ez 36,26). Así podremos escuchar el grito del pobre.
El Papa León parece estar preocupado por el tema de la tecnología y la Inteligencia Artificial, creo que esto juega un rol en esta desensibilización de la que usted habla.
Vemos tantas noticias de tantas tragedias que ya poco nos importan, damos una limosna por internet a una fundación y con eso se tranquiliza la conciencia.
El riesgo que corremos de inmunizarnos al dolor ajeno es el de no encarnar la caridad, que no se resuelve solo en dar una moneda, sino compartir el corazón. De otro modo nos alejamos de la fuente de la vida, que es Cristo. Con el sucederse constante de noticias terribles, relegando las anteriores al olvido, corremos el riesgo de ver estas tragedias como quien ve una película o un espectáculo, haciéndonos olvidar el dolor ajeno que nos desagrada y, en el fondo, nos desestabiliza.
Resulta crucial la necesidad de conversión. Lo principal de la caridad no es dar, si no darnos, la entrega personal. Estamos en tiempo de Pascua. Ojalá Cristo vivo, vencedor del pecado y de la muerte, nos ayude a derribar las barreras, superar todo lo que es muerte - el egoísmo es la muerte del alma - para abrirnos a una realidad gozosa y plena que da sentido a la vida y a iluminar desde ella las sombras del mundo.
Su predecesor fue aplaudido y criticado por ocasiones como cuando conectó la electricidad de un barrio irregular o repartir tiendas para los pobres que duermen en torno a la Plaza de San Pedro.
¿Usted seguirá los pasos de su predecesor?
Más allá de la anécdota, lo importante es por qué se hacen las cosas. No se trata de buscar el aplauso ni de frenarnos ante las críticas, sino de hacer lo debido. La tarea del Cardenal Krajewski ha sido extraordinaria. Yo destaco su valentía, generosidad y libertad. Dejó que los pobres entraran en su corazón y supo ponerlos en el centro.
Ahora bien, cada uno servimos a la Iglesia desde lo que somos. Ya he dicho que nadie es fotocopia de nadie. Yo no soy Konrad Krajewski. Yo soy Luis Marín, con mi personalidad, características y estilo. Ambos amamos a la Iglesia con pasión, queremos servirla con dedicación y generosidad, desgastarnos en ello, poner a los pobres en el centro, escucharlos, caminar con ellos. Pero cada uno desde lo que somos, desde el propio modo de ser. Hay continuidad en lo esencial, pero, quizá, discontinuidad en las formas, porque cada persona es diferente. No trato de imitar a nadie sino de ser yo mismo.
El primer gran documento del Papa León XIV fue Dilexi te, dedicado a los pobres. ¿Cuál es la principal enseñanza que usted extrae para su labor como limosnero papal?
Leí Dilexi te cuando se publicó y ahora la he releído tras mi nombramiento. Es una exhortación apostólica muy sugerente, muy bella. La recomiendo vivamente. Creo que vale la pena hacer una lectura meditada, una lectura orante. Respecto a su enseñanza, quiero resaltar cinco aspectos, que sintetizan lo que venimos diciendo.
Primero, la llamada a encontrar a Cristo en el pobre. En el rostro del pobre encontramos el mismo rostro sufriente de Cristo. Es preciso superar el mero asistencialismo, ver al pobre como realidad desagradable que debo abordar con el objetivo de retornar a mi zona de confort y a la tranquilidad, para pasar a ver a Cristo que me pide una respuesta de amor y misericordia.
Segundo, Dilexit te nos muestra que caminar con el pobre se inserta en la tradición de la Iglesia. La opción por los pobres es una opción evangélica, no es ideología, ni demagogia, ni extravagancia. Si soy cristiano, si sigo a Cristo, debo optar preferencialmente por los pobres.
Tercero, debo denunciar las estructuras de pecado que crean pobreza y desigualdad extrema. Para poder luchar contra ellas hay que sanear las raíces.
Cuarto, es interesante que el documento muestra al pobre como sujeto capaz de crear cultura, no como un mero objeto de beneficencia. Son personas que caminan conmigo y tienen algo que decirme. No están en un plano inferior, estamos al mismo nivel.
Quinto, los pobres, me ayudan a convertirme a Cristo, a escuchar la voz de Dios, a purificar la fe y a simplificar la vida, a ser coherente. Me ayudan a no poner límites al amor. Por eso, como dice el número 121, al final del documento, ya sea a través de mi trabajo de caridad, o del compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o simplemente por medio de los sencillos y personales gestos de ayuda, ojalá sea posible para aquel pobre concreto sentir que las palabras de Jesús son para él: “Yo te he amado” (Ap 3,9).
Mi servicio como limosnero del Santo Padre y prefecto del Dicasterio para la Caridad es, sin duda, todo un reto exigente. Pero también una gran fortuna, porque me ayuda a ser cristiano, a ser religioso y a ser obispo. Yo no tengo una diócesis territorial concreta: mi diócesis son los pobres. Es una tarea bien hermosa y estoy muy agradecido con el Santo Padre por la confianza que ha puesto en mí para ejercer mi servicio junto a ellos.

